Buenos días, 

A simple vista, ayer no parecía un desastre.

El S&P 500 bajó un modesto 0,56%. El Nasdaq 100 apenas cedió un 0,29%. Nada que, en un titular rápido, sonase dramático.

Pero eso fue solo la fachada.

Por dentro, el mercado tuvo el aspecto de una casa en la que las luces siguen encendidas… aunque ya huele a quemado en la cocina.

Porque mientras los grandes índices aparentaban una corrección contenida, debajo de la superficie se estaba produciendo algo mucho más incómodo: el petróleo saltó un 8,51% hasta los 81 dólares tras el ataque iraní a un buque petrolero en el Golfo Pérsico, los sectores defensivos fueron vendidos sin contemplaciones y el VIX escaló un 12% hasta 23,7.

Y hoy, a las 14:30h, llega el dato que puede convertir esta tensión en simple susto… o en una tarde bastante más violenta: las nóminas no agrícolas de Estados Unidos.

Ese número lo cambia todo.

La sesión de ayer no fue débil. Fue desigual. Y eso es peor.

Cuando un índice cae poco, el cerebro tiende a relajarse. Parece una sesión más. Un día malo, pero controlado.

El problema es que ayer no fue una caída limpia ni homogénea. Fue una caída con grietas internas.

Mientras el Nasdaq resistía relativamente bien, el Dow Jones se dejó un 1,61%, el Russell 2000 cayó un 1,91% y el Dow de Transportes se desplomó un 2,93%. Fuera de Estados Unidos, el golpe fue aún más claro: Europa, Asia ex Japón y América Latina cerraron con descensos superiores al 2%.

Eso no ocurre por casualidad.

Ocurre cuando el mercado empieza a discriminar con brutalidad qué negocios pueden sobrevivir mejor a un shock y cuáles quedan expuestos.

Y ahí aparece la gran diferencia de ayer: el petróleo.

Cuando el crudo se planta en 81 dólares, no castiga igual a todo el mundo. Hace daño a quien transporta, fabrica, distribuye, consume combustible o depende del bolsillo del consumidor medio. Pero golpea mucho menos a quien vende software, servicios digitales o modelos de negocio con poca intensidad energética.

En otras palabras: si mueves átomos, sufres. Si mueves bits, aguantas mejor.

Eso explica por qué hubo una salida de dinero de sectores sensibles al coste energético y, al mismo tiempo, una entrada relativa en tecnología, que venía castigada y además tenía muchos cortos abiertos que se vieron obligados a cerrar.

Lo más inquietante no fue el rojo. Fue dónde apareció.

Hay días en los que caen los valores cíclicos y los defensivos hacen de refugio. Es el guion clásico.

Ayer no.

Solo tres sectores terminaron en verde: Energía, Tecnología y Consumo Discrecional. Los más castigados fueron Industriales, Materiales, Consumo Básico y Salud.

Y aquí está el detalle que merece detenerse un segundo: Consumo Básico y Salud cayendo alrededor de un 2% en una sola sesión no es ruido. No es una sacudida pasajera. No es “rotación normal”.

Es dinero saliendo de los lugares donde, en teoría, uno se esconde cuando no quiere asumir demasiados riesgos.

Cuando hasta los refugios retroceden, el mensaje del mercado cambia. Ya no estás viendo una simple rotación sectorial. Estás viendo una búsqueda de liquidez.

El titular decía “corrección suave”. La amplitud gritaba otra cosa.

Aquí es donde se separa el inversor que mira titulares del que mira el pulso real del mercado.

En el NYSE, solo subieron el 24,3% de los valores. En el S&P 500, apenas el 27% cerró en positivo. Y en el Dow de Transportes, la cifra rozó lo grotesco: solo un 5% subió mientras el 95% caía.

Eso no es una sesión normal.

Eso se parece mucho más a una estampida silenciosa.

El S&P 500 cayó “solo” un 0,56%, sí. Pero lo hizo mientras casi 400 de sus componentes cerraban en negativo. Cincuenta valores bajaron más de un 3%, mientras apenas 18 lograron subir más de ese mismo umbral.

Es decir: el índice aguantó porque unas pocas megacaps tecnológicas sostuvieron la estructura. 

Es como ver a un equipo entero fundido… mientras dos estrellas evitan que el marcador sea humillante.

Y hay otro detalle que no conviene pasar por alto: tanto el S&P como el Russell perforaron durante la jornada el mínimo de la sesión anterior, y EWY, el ETF de Corea del Sur, marcó nuevo mínimo. Corea no es un rincón exótico del mapa bursátil. Es un termómetro adelantado de semiconductores y manufactura global.

Cuando Corea tose, el ciclo industrial mundial suele aclararse la garganta.

El miedo ya no es abstracto: ahora tiene precio

El VIX cerró en 23,7, su nivel más alto desde noviembre.

Traducido al lenguaje de la vida real: el mercado está empezando a asumir movimientos diarios del S&P 500 de alrededor de ±1,5% en próximas sesiones.

Ya no estás en un entorno cómodo.

Ya no basta con pensar “seguro que rebota”.

El mercado está diciendo que la incertidumbre ha subido de escalón.

Eso sí, en crédito todavía no se ve pánico sistémico. El High Yield y el High Grade cayeron ambos un 0,40%, moviéndose en línea con los treasuries. Los spreads no están abriendo de forma alarmante. De momento, el movimiento parece más vinculado a tipos que a un miedo real de accidente crediticio.

Eso importa.

Porque no todos los episodios de volatilidad son iguales. Este, por ahora, huele más a inflación y reajuste de expectativas que a fractura financiera.

El bono ya no actúa como refugio. Y eso cambia el juego

Aquí entra una de las claves del momento.

Los treasuries llevan cuatro días seguidos subiendo en rentabilidad. El bono a 10 años cerró en 4,14%, el de 2 años en 3,59% y el de 30 años en 4,76%.

Normalmente, cuando el mercado tiene miedo, los inversores corren hacia la deuda pública y las rentabilidades caen. Pero esta vez no está ocurriendo así.

¿Por qué?

Porque el mercado no está temiendo una recesión inmediata. Está temiendo inflación.

Y cuando el miedo es a que la inflación vuelva a enquistarse, el bono deja de ser una manta y se convierte en una fuente extra de incomodidad.

El petróleo en 81 dólares obliga a replantear una pregunta que muchos daban casi resuelta: ¿de verdad va a poder la Fed recortar tipos con tranquilidad este año?

La respuesta que está ofreciendo el mercado de futuros es cada vez más incómoda. La probabilidad de un recorte en marzo se ha desplomado al 3%, y las expectativas para un segundo recorte en 2026 ya están por debajo del 50%. El tipo terminal se sitúa por encima del 3%.

Esto importa especialmente para las compañías de crecimiento, porque sus valoraciones dependen mucho de cuánto valen hoy unos beneficios que llegarán mañana. Si el tipo de descuento sube, los múltiplos se comprimen.

De momento, la tecnología lo está digiriendo mejor de lo esperado.

Pero digerir no significa salir ileso.

El dólar ha vuelto a hacer lo que mejor sabe hacer en tiempos de tensión

Subir.

El DXY se situó en 99,02, con un avance del 0,32%, y lo relevante no es solo el movimiento, sino la estructura: el dólar acaba de confirmar un breakout tanto en gráfico diario como semanal por primera vez en más de un año.

Cuando ambas temporalidades se alinean, la señal pesa más.

Y tiene sentido: el billete verde se beneficia a la vez de dos narrativas poderosas. La primera, “tipos altos durante más tiempo”. La segunda, “refugio natural en tensión geopolítica”.

Mientras tanto, el euro retrocede, presionado además por el temor a que un eventual cierre del Estrecho de Ormuz afecte de forma desproporcionada a Europa.

Porque si el petróleo se encarece y el suministro se complica, la factura energética europea vuelve a convertirse en un problema muy real.

Todo gira ahora alrededor de una garganta de agua: Ormuz

El gran protagonista del mercado ya no es una tecnológia, ni un banco central, ni siquiera un balance empresarial.

Es un estrecho.

El Estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente una cuarta parte del petróleo mundial y una quinta parte del gas natural licuado.

Cuando una zona así entra en el foco geopolítico, el mercado deja de pensar en décimas y empieza a pensar en escenarios.

Por eso el salto del WTI hasta 81,01 dólares no es una anécdota. Es una advertencia.

Si el conflicto escala y el estrecho se cierra, aunque solo sea de forma parcial, el barril puede superar con facilidad los 100 dólares. Y en ese momento ya no estaríamos hablando solo de una tensión energética.

Estaríamos hablando de un cambio de régimen macro.

El gas natural también subió, al igual que el índice CRB, señal de que el shock no se está quedando encerrado en el crudo.

Mientras tanto, el oro retrocedió. Y aunque a primera vista parezca extraño, tiene lógica: después de siete meses de subidas muy fuertes, con una rentabilidad acumulada del 61%, en un día de necesidad urgente de liquidez en dólares, muchos optaron por vender lo que más fácil tenían para monetizar.

Más interesante quizá fue el comportamiento del cobre, que cayó un 1,16%. Porque el cobre suele hablar del crecimiento global. Y que baje al mismo tiempo que el petróleo se dispara sugiere que el mercado no está celebrando un boom de materias primas.

Está temiendo un shock de costes.

Y eso no es lo mismo.

También las criptos recuerdan lo que pasa cuando el dólar aprieta

Bitcoin y Ethereum cedieron alrededor de un 2,5%.

No hace falta adornarlo demasiado: en jornadas donde el mercado busca liquidez rápida en dólares, los criptoactivos suelen estar entre los primeros sacrificados.

Bitcoin, además, ha vuelto al rango de consolidación tras lo que parecía una ruptura. Y ahí se abre la gran pregunta táctica: si consigue sostenerse o si aparece más presión vendedora.

La economía americana sigue demasiado viva para una Fed impaciente

Los datos macro de ayer reforzaron una idea que lleva meses incomodando a quienes esperan recortes rápidos: la economía estadounidense no se enfría lo suficiente.

La productividad laboral del cuarto trimestre de 2025 creció un 2,8%, bastante por encima de lo esperado. En principio, eso es una buena noticia, porque permite que los salarios suban sin trasladarse íntegramente a inflación.

Pero hay un matiz importante: los costes laborales unitarios también crecieron un 2,8%.

Eso significa que la presión salarial no ha desaparecido.

Además, las peticiones iniciales de desempleo se situaron en 213.000, cerca de mínimos históricos. Nada aquí sugiere un deterioro brusco del mercado laboral.

Antes incluso del shock del petróleo, el mensaje ya era claro: la Fed no tiene ninguna urgencia.

Después de la subida del petróleo, todavía menos.

Por eso cobró tanta importancia la frase de Beth Hammack, de la Fed de Cleveland, cuando dijo que podrían estar “en espera durante bastante tiempo”.

En un entorno con el crudo en 81 dólares, esa frase pesa más de lo que pesaba hace una semana.

Hoy no manda el ruido. Manda una cifra

Y esa cifra llega a las 14:30h.

El mercado espera que las nóminas no agrícolas de febrero muestren entre 60.000 y 65.000 nuevos empleos, con una tasa de paro estable en el 4,3%.

Parece un dato más.

No lo es.

Si la cifra sale muy por encima de 100.000, el mercado puede interpretar que la economía sigue demasiado fuerte, los bonos podrían volver a tensarse y el Nasdaq tendría más presión.

Si sale muy débil, por debajo de 30.000, la conversación cambiará de golpe: ya no sería “la Fed tarda en recortar”, sino “¿y si la desaceleración ya ha empezado en serio?”.

El escenario ideal para el mercado sería el menos cinematográfico: un dato en línea o ligeramente por debajo del consenso. Lo bastante moderado como para no reavivar el miedo a la inflación, pero no tan flojo como para despertar el fantasma de la recesión.

A veces, el mejor dato es el que no obliga a reescribir la historia.

Mientras tanto, las empresas también están enviando señales

La temporada de resultados sigue dibujando un mapa muy revelador.

Por el lado ganador, Marvell subió un 14% tras batir estimaciones, confirmando que la demanda de chips específicos para centros de datos de IA sigue siendo real. Samsara avanzó un 11%, Broadcom un 4,8% y Okta un 10%, en otra muestra de que la automatización, la IA aplicada y la ciberseguridad continúan atrayendo capital.

Ahí sigue estando uno de los pocos bolsillos de crecimiento donde el mercado todavía paga por visibilidad.

En el reverso, la historia es mucho menos amable.

Ciena se hundió un 18% por una guía decepcionante. Delta y United Airlines cayeron un 7%, golpeadas por el impacto directo del petróleo sobre el combustible. Gap perdió un 9% por presión en márgenes, entre aranceles y logística. Y Grocery Outlet se desplomó un 23% después de anunciar el cierre de 36 tiendas, una señal inquietante sobre la fragilidad del consumidor de renta media-baja.

Es decir: mientras unas compañías venden futuro, otras están empezando a tropezar con el presente.

Mención aparte merece Berkshire Hathaway, que subió un 2% tras anunciar la reanudación de recompras de acciones por primera vez desde 2024.

Cuando Buffett recompra, el mercado escucha.

Porque no suele hacerlo por impulso ni por teatro. Lo hace cuando considera que su propio conglomerado ofrece más valor que muchas alternativas externas. En un entorno tan confuso como el actual, esa decisión no debería pasarse por alto.

Técnicamente, el mercado está en ese punto incómodo donde aún no ha roto… pero ya no inspira paz

El S&P 500 cerró en 6.830, justo sobre su media móvil de 100 días.

No por encima con claridad. No con holgura. Justo encima.

Y eso convierte ese nivel en una línea que el mercado va a vigilar como se vigila el borde de una mesa cuando un vaso está demasiado cerca.

Si se pierde con volumen, la puerta hacia la media de 200 días se abre.

El MACD diario sigue en señal de venta. El RSI apunta a pérdida de momentum. No es una lectura de pánico, pero tampoco de comodidad.

La amplitud sigue muy deteriorada: solo el 25% de los valores del NYSE cotiza por encima de su media de 50 días. Traducido: el índice aguanta porque unas pocas grandes tecnológicas siguen sujetando el andamio.

Pero el edificio, en conjunto, no está fuerte.

El Nasdaq 100 mantiene un comportamiento relativo mejor, aunque también cotiza por debajo de su media de 20 días. El Russell 2000 es la pieza más débil del tablero, marcando su cierre más bajo en un mes.

Y luego está el sentimiento.

El AAII Bulls está en 33,1%, mínimo desde noviembre. Desde una perspectiva contraria, tanto pesimismo puede ser semilla de suelo. Pero en el contexto actual (petróleo al alza, tipos presionando y NFP pendiente) ese pesimismo no parece irracional.

Parece merecido.

Por si quedaba alguna duda, el VVIX en 116, claramente por encima del nivel de estrés de 100, indica que en el mercado de opciones se está comprando protección de verdad.

No incomodidad teórica. Miedo real.

Entonces, ¿qué está diciendo el mercado?

Está diciendo algo bastante humano: no sabe aún si esto es una corrección manejable… o el comienzo de una fase más dura.

El escenario central sigue siendo el de una digestión ordenada del shock. Un mercado lateral, incómodo, con el S&P respetando la 100 MA, un NFP razonable y una Fed sin necesidad de cambiar el tono de forma drástica.

Pero hay un segundo guion, perfectamente posible, en el que el petróleo sigue subiendo, el empleo sale fuerte, las rentabilidades continúan tensándose y el S&P acaba perdiendo ese soporte clave. Si eso ocurre, la corrección puede ganar profundidad y velocidad.

También existe un tercer camino, menos probable pero posible: que la tensión geopolítica se enfríe rápido o que el dato de empleo salga lo bastante flojo como para suavizar las expectativas de tipos y permitir un rebote inmediato.

De momento, el mercado no ha elegido.

Está esperando.

La clave de hoy no es adivinar. Es no precipitarse

Ese es probablemente el mensaje más útil de todos.

No tomar decisiones grandes antes de las 14:30h.

Porque hoy el dato no será un simple dato. Será una brújula.

Si los índices aguantan antes de la publicación y reaccionan bien después, la zona actual puede consolidarse como soporte. Si el empleo sorprende al alza y el bono a 10 años se dirige hacia el 4,25%, conviene prepararse para más volatilidad en renta variable.

No es un día para ir con prisa.

Es un día para observar qué historia elige contar el mercado cuando tenga delante la cifra que ahora mismo le falta.

Y a veces, en bolsa y fuera de ella, esperar 30 minutos puede ahorrarte semanas de arrepentimiento.

Buen fin de semana!

Julio Estella de la Rica

Gestor Patrimonial

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